martes, 4 de junio de 2013

Nana para gatos a punto de morir.


Para Cris. Y Puka.

Decían que la gata iba a morir, y yo les dije ¿Cómo? ¿Acaso viste la sangre? ¿Acaso vas a matarla tú? Decían que la gata iba a morir porque jugaba más que nunca, o porque a veces se embelesaba con un brillo infantil en la mirada, como si comprendiera. Como si comprendiera que se iba a morir. Decían: la gata salta más que nunca porque se va a morir. Pero la gata ni siquiera era nuestra, así que ¿qué se suponía que debíamos hacer cuando muriera? Quizás no se iba a morir, tan sólo quería que la acariciásemos hasta la muerte. Quizás querían que se muriera para poder recordarla. Así ponía las patas cuando estaba cansada. Así gruñía cuando no quería que la tocasen. Así respiraba por la noche. Así se se hacía una bolita para dormir. Así besaba. Así bailaba. Antes de morir. O quizás la recordábamos aún mejor, perfilando cada gesto en su proceso, mientras la mirábamos, cuando creíamos que iba a morir. 

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