sábado, 15 de noviembre de 2014

Volver a trazar las ciudades.


Pues el ave que huye
no se rinde:
le rinde culto

al aire.
(Martha Asunción Alonso)

No fue la firma, sino la juventud, / aquello que quisiste / registrar: así empieza Skinny Cap (Libros de la herida, 2014) de Martha Asunción Alonso. Registrar la juventud, o hacerle justicia, es aquello que la voz poética viene a hacer aquí. A través de las marcas del graffitti -otro tipo de escritura y señal-, recorremos los barrios periféricos de Madrid donde la poeta apunta que aprendió a escribir. La poesía es una herramienta de resistencia y de expresión, nunca, nunca, un don. La poesía es esa fina línea que separa Decir de Hacer (las dos partes en las que está dividido el libro): según Skinny, la diferencia / entre papel y muro,/ es la misma que existe entre DECIR/ y HACER, que es además la diferencia entre DECIR y AMAR. La poesía de Martha Asunción dice y hace, e invita al lector a hacer, pues se incluyen plantillas para que el lector las utilice para decorar paredes y las comparta en las redes. Se reivindica el libro objeto también en el sentido de que el libro es además una especie de homenaje a los primeros graffiteros de la España de los 80: un documento. Una memoria tanto individual como colectiva: volver a la infancia, retomar lo que es nuestro y entender que es imposible saber por qué somos quiénes somos sin reconocer de dónde venimos. La diferencia entre la palabra y los hechos. Entre la memoria y la ciudad. Por eso Martha reivindica la palabra para todos, la poesía que la empujó a escribir, y a volver, y a amar, por encima de todo.

También urbano es el segundo poemario de Sara R. Gallardo, Berlín no se acaba en un círculo (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2014), y también libro-objeto debido a la bella y original edición. En este caso, el espacio urbano no se construye desde el recuerdo, sino desde el presente: a base de instantáneas y de momentos en los distintos espacios públicos de las grandes urbes, a veces tan despersonalizados y llenos de luz tan blanca del norte que nos empujan a agarrarnos a algo, cualquier cosa, que los haga más humanos. El miedo a morir en el aire, es decir, a morir lejos de la Tierra o de nuestra Tierra, lejos de quienes nos conocen y nos aman, está presente a lo largo del libro. ¿Por qué partimos, qué buscamos entonces? ¿Por qué aprendemos idiomas enteros para decir: "nunca he estado en un lugar tan triste"? El extranjero que parte llega a un lugar buscando reinventarse, pero finalmente acaba reconociéndose inevitablemente en otra lengua, en otras costumbres, en otros trayectos en el transporte público: al final es imposible escapar de uno mismo, y quizás eso es lo que dé más miedo de todo, por mucho que busquemos que otras manos desconocidas nos sostengan. ¿Nos espera alguien en otro país? ¿Nos espera alguien en el lugar que dejamos? Del recuerdo y la justicia a la memoria trata la segunda parte del libro. La autora nos traslada a su Bierzo natal, a un espacio de niñas y de bosques por los que perderse y quizás no poder encontrarse más, o quizá todo lo contrario: las raíces son la vida y son la muerte.

Estos dos poemarios son billetes de ida y vuelta de viajes que emprenderemos muchas veces en la vida. De recuerdo y recorrido, de avanzar en el trayecto. Quizá uno no sea nunca más extranjero que en el lugar donde nació.

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