martes, 22 de junio de 2010

el deseo.

El deseo trabaja como el viento. Sin esfuerzo aparente. Si encuentra las velas extendidas nos arrastrará a velocidad de vértigo. Si las puertas y contraventanas están cerradas, golpeará durante un rato en busca de las grietas o ranuras que le permitan filtrarse. El deseo asociado a un objeto de deseo nos condena a él. Pero hay otra forma de deseo, abstracta, desconcertante, que nos envuelve como un estado de ánimo. Anuncia que estamos listos para el deseo y sólo nos queda esperar, desplegadas las velas, que sople su viento. Es el deseo de desear.


(c) David Trueba, Saber Perder.

El ser humano es, por naturaleza, un ser deseante. Un ser perpetuamente insatisfecho. Un ser... ¿indeseable? Tal vez no tanto.

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