viernes, 12 de junio de 2015

Una noche en Salamanca.



Hice cuanto pude por arruinarme. 
(...)
Pero no. En verdad partía para salvar la vida.

(Julieta Valero)

Tren. Hace calor en Madrid. María me pregunta por el paisaje y digo: es de donde vengo. Empieza a llover y hace frío. Esto es Castilla. Esta es la ladera escarpada de la montaña. Se me hace raro parar en Ávila y no bajarme. Este ha sido el Media Distancia de muchos años. De quedarse dormida con el ronroneo del tren y despertarse agitada. De no reconocer el principio de la estación. Una hora después, la tormenta nos acompaña a Salamanca. Salamanca es como ese pariente lejano que ves cada mucho tiempo, pero cuyas palabras en la última cena que compartisteis aún recuerdas. Decidí no estudiar en Salamanca cuando quería la ciudad y el vértigo. Cuando quería todo lo desconocido. Pero llego a Salamanca y João nos recoge y nos abraza. Es como venir a una ciudad nueva donde ya te conocen y te esperan. También me recuerda un poco a Edimburgo, hasta en el clima. No he traído chaqueta, así que tengo que ir a comprarme una. En el patio de la Biblioteca de la Casa de las Conchas, donde íbamos a leer, sigue diluviando. Nos dicen que no nos preocupemos. Cenamos. Todo es cariño y atención. Al final decidimos hacerlo en los soportales del patio. Se proyecta Chungking Express. La luz es tenue. Hace calor aunque afuera haga frío. Nos arropan las conchas. Nos arropan. Nos acompañan por las ciudades que desfilan por el tren, lento, lejos: Madrid, Lisboa, Ávila, Córdoba, Utrecht, Edimburgo, Toledo, Santiago, Durness... Todas son ciudades esqueleto. Todas nos habitan de un modo u otro al final de las costillas. Gracias por todo, Salamanca. Mil gracias por tu calor en una noche de tormenta. Estoy deseando volver.

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