domingo, 25 de enero de 2015

La genealogía sentimental de Alberto Acerete en Yo quiero bailar



You do not have to be good.
You do not have to walk on your knees
For a hundred miles through the desert, repenting.
You only have to let the soft animal of your body
love what it loves.
Tell me about your despair, yours, and I will tell you mine.
Meanwhile the world goes on.
(Mary Oliver)

Se debe evitar la conciencia de la cría. Recuerde: no es un ser humano.
(Alberto Acerete)

Alberto Acerete (Zaragoza, 1986) ya nos regaló dos plaquettes que trazaban el desamor en El último verano y Cartas de la guerra (esta última, publicada en diciembre del año pasado, alcanzó más de 5000 descargas y tuvo una edición impresa). ¿Por qué tanta pérdida? O bien: ¿de dónde sale tanta pérdida? Pasado, presente y futuro recogen la respuesta a esa pregunta en Yo quiero bailar (La Bella Varsovia, 2015).

Yo quiero bailar apela a las canciones populares, como también refleja la música de una fiesta a la que no hemos sido invitados. Casi como un deseo, como la historia que se le cuenta a un niño para explicarle por qué algo es injusto, Yo quiero bailar recuerda las veces en las que no nos han dejado entrar en esa fiesta, empezando por la primera institución y base de la sociedad: la familia. A través de las “preposiciones” el padre, la madre, los hermanos y los hijos (es decir, todos aquellos que nos preceden), la identidad del sujeto se conforma por semejanza u oposición. O tal vez por ninguna de estas. ¿Cómo explicarse a las personas que nos quieren, entonces? Si al final el mundo es una fiesta sin mí, declara el hijo. Volver al origen y reflejarse en la tierra de la que venimos, aunque no nos guste – aunque no les guste. El desafío a lo que nuestra familia quería que fuésemos es la primera vez que vemos  las grietas y el amor de aquello que parecía firme e inmóvil. Es así como aprendimos el amor: en los primeros pasos.

Del fracaso amoroso adulto trata el segundo libro, de los tres que conforman el volumen. Matrimonio es de nuevo el enfrentamiento con una institución social – aquella a la que deberíamos aspirar una vez salimos de nuestra familia. El matrimonio da a luz a otra familia, y de nuevo, al amor. Pero este amor que hemos aprendido, ¿no era sintomático de otra cosa? ¿No es nuestro instinto el que nos dice que mejor probemos otro camino? El sujeto se topa de nuevo con una fiesta a la que no ha sido invitado. Oye la música. Baila junto a la puerta. Baila, baila, baila, hasta marearse y caer al suelo. Una misa laica, una plegaria, una oración que le proteja, es lo que pide el sujeto. Tercera institución que cierra sus puertas al poema: la iglesia (como lazo continuo entre la familia y el matrimonio). El sujeto se ve entonces obligado a inventar su propio rezo: Por eso,/  familia en mano, pido/ que nos dejen de engañar:// el amor no es más accesible/ que la mentira.

La cría a mano del vencejo común (cuya primera versión fue publicada en Animalario), última parte y, personalmente, mi favorita, es un poema-carta largo (¿acaso no son todas las cartas largas?) de aires carsonianos en los que el poema mira a la naturaleza para encontrar las pruebas del amor. Ya que las instituciones sociales han fallado, la naturaleza será la que tendrá que enseñarnos. Y así es: este es un poema de aceptación de la pérdida, de la celebración de que amar haya sido posible, del triunfo al aceptar el fracaso. Reaprendemos. Que el amor era otra cosa. Al contrario de, a pesar de, lo que nos enseñaron, amar era otra cosa. Al fin lo sabemos. Y al fin somos libres. Y bailamos. Solos, pero por fin bailamos.

Se tiene que liberar al vencejo.
A pesar del amor, se debe liberar al vencejo.

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