
el primer desamor, no lo sé, la huida.
(Natalia Litvinova)
Mi madre me regaló una jaula para que aprendiera a escapar: no por dónde, sino cómo. La jaula era de cera. Yo creía que las almas no soportaban el calor.


Si te pido la mano, muéstrame tus ojos (no sé por dónde se regresa a la piel conocida). Si te pido el mundo entero entrégame un instante (las huellas de la nieve / son toda la gente que ha pasado por allí). Cuando vuelvas a casa y aún no haya amanecido, inventa un mundo nuevo donde no haya nada que salvar (lo que queda de la lluvia es piel sucia). No nombres las cosas, porque entonces perderán su sentido (si las arrancas / dejan de ser rosas). El libro de Juan Bello es un bosque (quien tiene miedo inventa los lobos). Un intervalo (lejos de las cosas que me dieron un nombre). Una impresión borrosa, confusa, acumulada: o una mentira-manifiesto (los sueños no se desalojan). Lo que queda cuando el amor muere: o cuando aún no ha nacido, pero está apunto (quiere la piel un lugar donde apoyarse). Como un día que no se sabe si empieza, o si termina. Como una mano que parece una boca o una boca que parece un precipicio: la noche es peligrosa porque engaña, porque es demasiado sincera, porque queremos dejarnos engañar por el blues melódico en la madrugada. Sin querer saber si quizá la sobreviviremos: porque tan sólo queremos confundirnos con ella (A veces no queremos que nadie nos encuentre). A veces no queremos que nadie nos encuentre para estar con todo el mundo (el amor es una manzana partida / en dos mitades desiguales). El ruego de las multitudes, cuando menos pueden ser escuchadas (espérame en la grieta de la mañana). El libro de Juan Bello es un bosque. Un paisaje que recuerdo extrañamente desconocido. Un amuleto que perdí en alguna batalla o en un descampado, o una promesa escrita en papel quemado. El libro de Juan Bello es un bosque. El libro de Juan Bello me hizo arder en alguna parte. El libro de Juan Bello es un bosque que lo abarca todo cuando cierro los ojos. Y después, los abro. Y después, nada.
*todas las citas en cursiva pertenecen a El futuro es un bosque que ya ardió en alguna parte (La Bella Varsovia, 2011) de Juan Bello.
**también recomiendo su pliego Nueva York no existe en Nanoediciones.

dejo que anochezca
Sara R. Gallardo dibuja el paisaje con palabras: el permiso, la culpa. Describir no es narrar, dice, y por eso Epidermia no es un poemario, ni tampoco un libro de relatos: la epidermia se convierte en un mapa, la cartografía de un viaje con principio (tal vez) y sin destino.
Como un valle aún helado. Enfermo por los cambios de temperatura. Por el calor repentino. Por la vuelta al frío. A pesar de que ya no hay invierno que nos proteja. Epidermia. Epidemia. Carne de gallina o diario frágil. Fragmentaria. Capas que se van descubriendo, desnudando, hasta llegar a la piel (la piel, según Paul Valéry, es lo más profundo). Querer ser: la persona elegida (Quería ser tantas personas que no era). Pero la poesía no puede ser bonita, dice Sara. La poesía busca el silencio. el amor que no tengo, el amor que no hay: la poesía nace de la culpa. Como los viajes. Como el arrepentimiento al detenernos en una estación de servicio en medio de una carretera desierta: Mujeres en letras desgastadas. Donde alguien ¿espera? Donde Sara cita a Emily Dickinson con sabiduría: “Sólo se posee lo que se destruye”: de ahí el viaje, de ahí la noche: para no destruir, por eso:
por eso me gustan las manos, / por eso a menudo no creo en las almas.
no creemos en las almas. Creemos en las manos.
*todas las citas en cursiva proceden de Epidermia (El Gaviero, 2011) de Sara R. Gallardo.