lunes, 23 de enero de 2017

Diario de Interrail VIII. Lago de Como.


No se viaja a una isla
para encontrar un tesoro.

Se viaja
para enterrarlo.
(María Negroni)

Me sumerjo, y vuelvo a tener el tamaño de la persona que era antes del miedo, de la persona ágil y resbaladiza que se zambullía en cualquier lugar sin importar cuán oscuro o profundo pareciera. Ahora me duelen los huesos cuando intento crecer.

Cuando me baño, tampoco pienso en los peces que me mordisquean los pies en el lago. Ni en las algas y los bichitos que me puedan acechar. Ni en los niños que se lanzan de cabeza contra las rocas. Después me seco al sol, como un reptil, ajena a las palabras tristes. A mi lado, una mujer lee a Elena Ferrante traducida al holandés. Cómo podemos traducir lo que nos duele y no tiene idioma. Quiero aprender el idioma de las chicharras. Quiero aprender aquello que no entiendo, para repetirlo y convertirme en decir, y no ser.

Porque me lanzo al agua y me arrepiento. Ahora mi cuerpo sabe a río. 

Cuando el dolor se evapora, en la arenilla descubro algo que ni siquiera sabía que era mío.

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